La obesidad se asocia a más de una docena de enfermedades que afectan al corazón, al metabolismo, al hígado, a los pulmones, a las articulaciones y a la fertilidad o al sueño. La grasa visceral, la que se acumula dentro del abdomen, libera sustancias que favorecen la inflamación crónica y alteran el funcionamiento de la insulina. Tratar el exceso de peso no va de apariencia, va de salud.
Por qué el exceso de peso afecta a casi todo el cuerpo
La grasa no es solo un almacén de energía. El tejido adiposo, sobre todo el que rodea los órganos internos (lo que se llama grasa visceral), libera sustancias que mantienen una inflamación de bajo grado y alteran la forma en que el cuerpo usa la insulina. La insulina es la hormona que ayuda a que la glucosa, el azúcar que viaja por la sangre, entre en las células para usarse como energía.
Cuando el cuerpo deja de responder bien a esa insulina, aparece lo que se conoce como resistencia a la insulina. Con el tiempo, este estado se asocia a subidas de azúcar en sangre, subidas de tensión arterial y cambios en el colesterol y los triglicéridos. Es un círculo vicioso: cada una de esas alteraciones agrava a las demás y aumenta el riesgo de que aparezcan otras enfermedades.
La Organización Mundial de la Salud recuerda que la obesidad es uno de los principales factores de riesgo de enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares, la hipertensión, los accidentes cerebrovasculares y varios tipos de cáncer. MedlinePlus, la enciclopedia médica de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, insiste también en que la obesidad se relaciona con muchas de esas enfermedades y que tratarla puede revertirlas en parte.
Enfermedades metabólicas asociadas a la obesidad
Las alteraciones metabólicas son quizá las consecuencias más conocidas de vivir con obesidad. Suelen ir de la mano y, en conjunto, forman lo que los médicos llaman síndrome metabólico.
La diabetes tipo 2 es la más frecuente. Aparece cuando el cuerpo no produce suficiente insulina o no la usa bien, lo que se conoce como resistencia a la insulina. El exceso de grasa contribuye a esa resistencia y, a la larga, hace que los niveles de glucosa en sangre se mantengan altos. Esto daña vasos sanguíneos, nervios, riñones y la vista con el paso de los años.
El hígado graso no alcohólico consiste en acumular grasa dentro de las células del hígado. Es muy habitual en personas con obesidad y, si no se trata, puede pasar de una simple inflamación a una hepatitis, a cirrosis y, en los casos más avanzados, a necesitar un trasplante.
La dislipidemia son alteraciones en el colesterol y los triglicéridos que suelen ir juntas: colesterol HDL «bueno» bajo y triglicéridos altos. Aumentan el riesgo de que las arterias se obstruyan.
Juntas, estas alteraciones definen el llamado síndrome metabólico: obesidad abdominal más hipertensión, glucemia alterada, triglicéridos altos y HDL bajo. Tener síndrome metabólico multiplica el riesgo de infarto, ictus y diabetes.
Corazón y arterias bajo presión
Cuando hablamos de enfermedades del corazón en relación con la obesidad, nos referimos a varias cosas a la vez.
La hipertensión arterial es muy frecuente y, además, muchas veces pasa desapercibida durante años. La grasa visceral y la inflamación que la acompañan elevan la presión sobre las paredes de las arterias.
La cardiopatía isquémica y el infarto. Con el tiempo, la combinación de hipertensión, colesterol alto e inflamación favorece que las arterias se estrechen y se endurezcan, lo que los médicos llaman aterosclerosis. Si una arteria del corazón se obstruye, aparece un infarto.
Los accidentes cerebrovasculares, conocidos también como ictus. Si la arteria que se tapa o se rompe está en el cerebro, las consecuencias pueden ser pérdida de movilidad, problemas para hablar o para pensar, e incluso la muerte.
El NHS británico recuerda que el sobrepeso y la obesidad pueden llevar a problemas graves de salud, pero también que perder aunque sea una cantidad moderada de peso, entre el 5 y el 10 por ciento, ya se nota en la tensión, el colesterol y la glucemia.
Problemas respiratorios y del sueño
La grasa acumulada en el cuello, en el tórax y en el abdomen tiene consecuencias que van más allá de la estética: limita la expansión de los pulmones y favorece la sensación de ahogo.
La apnea del sueño consiste en pausas repetidas en la respiración mientras duermes. Provoca ronquidos, somnolencia diurna, dolor de cabeza por la mañana y más riesgo cardiovascular. Es una de las consecuencias que más calidad de vida quita, porque un mal descanso afecta al hambre, al ánimo y a la memoria.
El asma y otros problemas respiratorios también son más frecuentes. La grasa en el abdomen y en el pecho limita la expansión de los pulmones, lo que favorece la sensación de ahogo y la intolerancia al ejercicio. Las personas con obesidad tienen más asma y, a veces, responden peor al tratamiento.
Digestión, articulaciones y fertilidad
Otras complicaciones frecuentes afectan a la vesícula, a las articulaciones y a la capacidad de tener hijos.
Los cálculos biliares son piedras que se forman dentro de la vesícula. La obesidad aumenta el colesterol en la bilis, lo que favorece que se cristalice en cálculos. Cursan con dolor intenso en la parte derecha del abdomen y, en algunos casos, requieren operarla.
Los problemas osteoarticulares. Las caderas, las rodillas y la zona lumbar soportan más carga de la que están diseñadas para aguantar. Con los años, esto acelera el desgaste del cartílago (artrosis), favorece el dolor lumbar crónico y puede provocar hernias discales. A esto se suma una pérdida de masa y fuerza muscular que los médicos llaman sarcopenia.
La infertilidad. Tanto en hombres como en mujeres, el exceso de grasa altera las hormonas sexuales. En la mujer puede provocar ciclos sin ovulación y más riesgo de complicaciones en el embarazo. En el hombre se asocia a menor cantidad y calidad de espermatozoides.
Cáncer y otras complicaciones graves
La Organización Mundial de la Salud incluye varios tipos de cáncer entre las enfermedades asociadas al exceso de peso. Los más estudiados son los de colon, recto, endometrio, mama (sobre todo después de la menopausia), riñón, hígado, páncreas, esófago y vesícula.
El riesgo crece a medida que aumenta el exceso de peso y no se explica solo por la alimentación. La inflamación crónica, las hormonas y la resistencia a la insulina también parecen influir.
También conviene recordar que la obesidad se asocia a problemas de salud mental como la depresión o la ansiedad. Esto se explica por el impacto emocional de vivir en una sociedad que estigmatiza el peso y por cambios hormonales e inflamatorios que afectan al ánimo.
Cuándo pedir ayuda profesional
Conviene hablar con un profesional de la salud si te encuentras en alguno de estos casos:
Tu índice de masa corporal (IMC) está por encima de 30, o entre 25 y 30 con otros factores como diabetes, hipertensión o colesterol alto. Si quieres calcularlo, en la web del NHS hay una calculadora sencilla. Tienes ronquidos fuertes, pausas al respirar por la noche o mucha somnolencia durante el día. Te han detectado glucosa, tensión o colesterol por encima de los valores normales. No consigues perder peso con dieta y ejercicio por tu cuenta, o lo pierdes y lo recuperas de forma repetida. Empiezas a notar limitaciones en la movilidad, dolor en articulaciones o cambios en el ciclo menstrual. Aparece tristeza persistente, ansiedad o atracones frecuentes.
El médico de cabecera puede pedir las pruebas iniciales y derivar a Endocrinología (la especialidad de las hormonas y el metabolismo), a Nutrición, a Psicología o a Psiquiatría según lo que necesites. En personas con un grado de obesidad alto existen tratamientos que van desde programas estructurados de alimentación y ejercicio hasta medicación, siempre bajo control médico, o cirugía, valorando cada caso de forma individual.
Conviene también vigilar el peso de los más pequeños. Una revisión publicada en JAMA Pediatrics que analiza datos de más de doscientos países muestra que la obesidad en niños y adolescentes se ha multiplicado por cuatro desde 1990. Detectar el exceso de peso a tiempo permite actuar mucho mejor.
Preguntas frecuentes
¿La obesidad siempre acaba en diabetes?
No. Tener obesidad aumenta mucho el riesgo de diabetes tipo 2, sobre todo si hay antecedentes familiares o resistencia a la insulina, pero no siempre se acaba desarrollando. Por eso conviene revisar la glucemia y otros marcadores de forma periódica.
¿Bajar unos kilos de verdad cambia el riesgo?
Sí. En personas con obesidad se ha visto que perder entre un 5 y un 10 por ciento del peso ya mejora la tensión arterial, el colesterol, la glucemia y la grasa del hígado. No hace falta bajar muchos kilos para notar cambios en la salud.
¿Cómo sé si tengo grasa abdominal acumulada?
Mide el contorno de la cintura a la altura del ombligo, con el abdomen relajado. Se considera elevado si supera los 88 cm en mujeres y los 102 cm en hombres. También orienta de forma indirecta un IMC a partir de 30.
¿Existe una dieta que cure estas enfermedades?
Ninguna dieta cura la obesidad por sí sola. Las guías recientes, como las de la Sociedad Europea de Obesidad sobre estrategias nutricionales muy bajas en calorías, reconocen el papel de algunas pautas usadas bajo supervisión médica, siempre acompañadas de cambios de hábitos duraderos.
¿La cirugía bariátrica elimina el riesgo de todas estas enfermedades?
Reduce mucho el riesgo de diabetes, infarto y mortalidad asociada al peso, sobre todo cuando se combina con seguimiento a largo plazo. No elimina por completo el riesgo y exige compromisos importantes de alimentación y revisiones posteriores.
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Fuentes
- Obesity and overweight
- Obesity: MedlinePlus
- Overweight and obesity in adults - NHS
- Global Prevalence of Overweight and Obesity in Children and Adolescents: A Systematic Review and Meta-Analysis.
- European Guidelines for Obesity Management in Adults with a Very Low-Calorie Ketogenic Diet: A Systematic Review and Meta-Analysis.
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